El pretexto, la mentira o el segundo en el que te das cuenta de que lo único que necesitas para seguir aquí es una excusa. Y nunca llega. Y lo disfrazas todo con pequeños engaños, con mala poesía, guardando fotos cada vez más antiguas de todos los lugares que quisiste. Y juegas, juegas cada día a cruzarte con viejos conocidos que son cada día más extraños, juegas a esperar en los portales de antiguos amores, a imaginar reencuentros, a inventarte historias que nunca sucederán. Y sigues aquí, aquí donde todo está prohibido, donde todo se esconde, donde sólo debes dejarte ver cuando estás bien, donde las tristezas no se cuentan pero se escuchan en voz baja en las conversaciones al oído. Y a la gente se le van cayendo de los ojos cada mañana. En esta ciudad que nunca te mira directamente a la cara pero que nunca te pierde de vista, la de las luces de circo siempre encendidas que nunca alumbran a los monstruos, la del constante carnaval. La ciudad de volver a casa con desconocidos, la de volver a casa sola, la de ver a la gente alejarse. Poco a poco, uno detrás de otro.

Como una lluvia estacional, intensa por temporadas, devastadora por momentos. Como ese instante preciso en el que el cielo se desploma, se deshace en litros de lágrimas, se resquebraja en una tormenta visceral, inundando nuestras posiciones. Diferentes temperaturas. Diferentes presiones. La humedad pegada a la piel, el cielo metálico chirriando sobre las cabezas, el viento nervioso cambiando de dirección. Nunca es previsible. Nunca es evitable. No vale la pena refugiarse porque el agua siempre acaba colándose por debajo de la puerta.

And this has been standing here for centuries. The premier work of man perhaps in the whole western world, and it’s without a signature: Chartres.

A celebration to God’s glory and to the dignity of man. All that’s left most artists seem to feel these days, is man. Naked, poor, forked, radish. There aren’t any celebrations.

Ours, the scientists keep telling us, is a universe which is disposable. You know, it might be just this one anonymous glory of all things, this rich stone forest, this epic chant, this gaiety, this grand choiring shout of affirmation, which we choose when all our cities are dust, to stand intact, to mark where we have been, to testify to what we had it in us, to accomplish.

Our works in stone, in paint, in print are spared, some of them for a few decades, or a millennium or two, but everything must finally fall in war or wear away into the ultimate and universal ash. The triumphs and the frauds, the treasures and the fakes.

A fact of life. We’re going to die.

“Be of good heart,” cry the dead artists out of the living past. Our songs will all be silenced — but what of it?

Go on singing.

Maybe a man’s name doesn’t matter all that much.

Por mucho que nos digan que en esta vida hay pocas cosas que sean sólo blancas o negras y que existe una gama infinita de grises entre ambos extremos, el común de los mortales siempre tenderemos a pensar en estos términos bicolores. Este axioma es igualmente aplicable a nuestras reacciones frente a ese sentimiento universal, bello y terrible a partes iguales, y al que vulgarmente nos referimos como amor. Y así, tendemos a pensar que el desamor es el que acarrea todas las partes oscuras y que, por ende, el amor se constituye únicamente de una especie de luz blanca cegadora que nos impide ver la negrura que hay en el prójimo y en cada uno de nosotros. Desengañémonos: eso que llamamos amor es un lugar lleno de zonas grises. Y aunque son muchos los que han escrito en estos términos tan binarios sobre amores y desamores, pocos se han atrevido a hundir el hocico e indagar en el terreno de las sombras intermedias, donde eso que llamamos amor se diluye entre el orgullo, el sexo, las anfetaminas y algunas otras cosas que importan.

Mussolina, el último poemario de Riot Über Alles, no es un libro sobre el amor, pero su alargada sombra se proyecta sobre cada una de las letras que lo conforman. ‘Mussolina’ es un paseo un tanto incómodo por un camino que se bifurca en dos direcciones.

La primera de ellas comienza en el interior de la herida, en esa que aún permanece abierta, en la que podemos hurgar si es que encontramos algún tipo de placer en observar al herido retorcerse de dolor. Una zona llena de veneno donde se concentran los instantes de intimidad en los que dudamos seriamente de nuestra capacidad para profesarle amor a alguien más que a nosotros mismos, esas noches en las que el sexo es capaz de domar a cualquier fiera y hacerle prometer amor eterno sabiendo que la eternidad terminará a la mañana siguiente. Una zona de invierno casi perpetuo, con breves destellos de luz solar, un escondite para las fantasías inconfesables, una habitación cerrada desde dentro en la que dos amantes se entregan a un festín antropófago. Un paseo, en fin, incómodo, sobre un terreno sembrado de clavos ardiendo en el que debemos movernos como faquires y donde conviene entender cuanto antes que no vale con sortear el dolor, sino que hemos de aprender a caminar junto a él como el perro camina junto al amo.

La segunda parte del paseo, esta vez por el exterior de la herida, consiste en una colección de recortes de prensa “por y para un mundo más objetivo”. Titulares, noticias falsas que suenan extrañamente familiares y todo un universo paralelo que se vuelve perpendicular en demasiadas ocasiones. Por él campan a sus anchas políticos de amplia sonrisa que se esfuerzan por parecer creíbles a los ojos del pueblo, alcaldes indignados con sus propios votantes, reyes desnudos y solitarios que se torturan a sí mismos con más inquina incluso que con la que torturan a los de su alrededor, contables desprestigiados que son víctimas de los más terribles abusos. Un planeta muerto en el que la televisión emite decapitaciones en directo, en el que ciudadanos respetables combinan peligrosamente trabajo y dopamina y se encaminan todos juntos de la mano hacia el caos más absoluto.

El conjunto se cierra con un anexo que pretende ayudarnos a comprender mejor la obra en su totalidad y en el que se recogen una serie de gráficos desfigurados, intervenidos y deformados a través de inquietantes garabatos e indescifrables collages.

Todo ello convenientemente empaquetado y publicado por Aristas Martínez, una de las editoriales con mejor ojo dentro del panorama del underground literario actual.

 ** Entrada publicada en Underdogs el 28 de febrero de 2012: http://www.underdogs.es/mussolina-de-riot-uber-alles/.

Tengo dos recuerdos de aquel verano. Uno es de una mañana con mucho sol entrando por todas las ventanas. Yo llevaba puesta una camisa tuya de color azul. Caminábamos por la casa como si no la conociéramos de nada, como un par de extraños que se habían colado a pasar la noche y a los que se les había hecho demasiado tarde para escapar sin que los vieran. Nos encontramos por casualidad en la cocina y sin decir una sola palabra, llegó el beso. Recuerdo que tenía los ojos cerrados y no paraba de entrar luz. El otro recuerdo es de una noche casi al final del verano. Había vino en la mesa, tú te habías ido a buscar algo a esa misma cocina que ahora conocíamos de sobra. Yo fumaba mirando hacia la pared del fondo del salón. De repente apareciste como de la nada, me quitaste el cigarro, lo dejaste en el cenicero y me llevaste de la mano hacia la habitación. Sin una sola palabra. Recuerdo que esa noche nos tapamos con la sábana porque ya no hacía tanto calor, ni había luz y la casa empezó a parecernos extrañamente familiar. Poco después terminó el verano.

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